- Windows 8.1 ofrece el mejor equilibrio entre rendimiento, consumo de recursos y rapidez en hardware antiguo, superando incluso a sistemas más modernos.
- Windows 11 queda último o penúltimo en la mayoría de pruebas en portátiles viejos, penalizado por su alto uso de RAM, procesos en segundo plano y dependencia de SSD.
- Windows XP, Vista y 7 destacan por su ligereza y eficiencia en equipos veteranos, aunque hoy su falta de soporte los vuelve poco recomendables para un uso diario conectado.
- La comparativa evidencia que la evolución de Windows prioriza hardware actual y nuevas funciones frente a la optimización extrema en ordenadores de generaciones anteriores.
Cuando Microsoft confirmó el fin de soporte de Windows 10, a muchísima gente se le encendieron todas las alarmas. De repente, millones de usuarios se vieron en la tesitura de seguir con un sistema sin parches de seguridad, dar el salto a Windows 11 casi a regañadientes o aprovechar la excusa para probar suerte con Linux.
Salvo quienes cuentan con ediciones especiales como Windows 10 LTSC o versiones con soporte extendido, el resto de usuarios está obligado a mover ficha. Y claro, ante la duda razonable de si Windows 11 realmente merece la pena, cobra todo el sentido mirar hacia atrás y preguntarse: ¿cómo han evolucionado las distintas versiones de Windows desde XP hasta hoy en términos de rendimiento real, consumo de recursos y experiencia de uso en el día a día?
El experimento: seis generaciones de Windows cara a cara en el mismo hardware

Para salir de dudas, el creador de contenido TrigrZolt montó una comparativa directa entre Windows XP, Vista, 7, 8.1, 10 y 11, usando para todas las pruebas un hardware idéntico. La idea era eliminar al máximo las variables y centrarse solo en el comportamiento de cada sistema operativo.
El equipo elegido fue un clásico muy querido entre los entusiastas: seis portátiles Lenovo ThinkPad X220, todos con el mismo procesador Intel Core i5-2520M de segunda generación, 8 GB de memoria RAM y un disco de 256 GB. En la práctica, se trata de un hardware veterano, de hace más de una década, y con unidades mecánicas lentas que penalizan bastante a los sistemas modernos pensados para SSD, y conviene ver cómo acelerar Windows al máximo.
Aunque hoy en día estos componentes se consideran humildes, en su momento eran más que solventes, y siguen siendo suficientes para que Windows XP, Vista, 7 u 8.1 se muevan con soltura. Sin embargo, Windows 10 y, sobre todo, Windows 11 ya no están diseñados con este tipo de ordenador en mente, algo que queda muy claro en las pruebas.
El propio autor del test avisa de que no pretende hacer un estudio de laboratorio perfecto, sino una comparativa “curiosa pero reveladora”. Aun así, todos los sistemas estaban completamente actualizados, con las mismas aplicaciones instaladas y configuraciones lo más similares posible, para que los resultados fueran comparables.
Arranque del sistema: Windows 8.1 sorprende, Windows 11 decepciona

Una de las pruebas más intuitivas para cualquier usuario es medir la velocidad de inicio del sistema operativo, es decir, cuánto tarda desde que pulsamos el botón de encendido hasta que el escritorio está realmente listo para trabajar.
En contra de lo que muchos podrían pensar, el ganador aquí no fue el veterano Windows XP ni el querido Windows 7. El que se llevó el gato al agua fue Windows 8.1, que gracias a su implementación de inicio híbrido y optimizaciones para hacerlo más rápido, consigue arrancar con mucha más agilidad en este hardware antiguo.
La segunda posición estuvo reñida, pero el comportamiento de Windows 10 fue bastante digno, con tiempos similares a los de XP y un arranque razonablemente rápido para tratarse de un portátil con disco duro mecánico. Los siguientes puestos los ocuparon Windows 7 y Windows Vista, que, aunque no son lentos del todo, sí se sienten algo menos ágiles que los anteriores.
El farolillo rojo fue claramente Windows 11, que quedó último en el arranque. No solo tarda más en mostrar el escritorio, sino que además necesita un tiempo adicional para cargar la barra de tareas, los iconos y distintos procesos en segundo plano. Esa sensación de “parece que ya está listo, pero aún le falta un rato” es algo que muchos usuarios han sufrido en sus propias carnes.
Espacio en disco: XP es mínimo, 8.1 muy eficiente y 7 el más tragón
Dejando a un lado la velocidad inicial, el experimento también midió cuánto espacio de almacenamiento ocupa cada versión de Windows con las mismas aplicaciones instaladas. Este dato es importante sobre todo en portátiles antiguos con discos pequeños o llenos.
El sistema que menos espacio ocupa, como es lógico, es Windows XP, con apenas 18,9 GB utilizados. Se trata de un sistema mucho más ligero, con menos componentes y sin la enorme cantidad de servicios, telemetría y funciones añadidas que traen las versiones modernas.
El siguiente en hacer un buen papel fue Windows 8.1, que logra contenerse de forma sorprendente para su generación. En la comparativa se destaca que ocupa menos que incluso Windows Vista, lo que refuerza la idea de que fue una versión bastante afinada a nivel técnico, aunque no muy apreciada por su interfaz.
Por el lado opuesto, quien se lleva el dudoso honor de ser el más tragón es Windows 7, con unos 44,6 GB consumidos. Vista, Windows 10 y Windows 11 se mueven en torno a los 37 GB en esta prueba, con ligeras variaciones entre ellos, pero todos bastante más pesados que XP y menos contenidos que 8.1.
Estos datos de almacenamiento dejan claro que el salto generacional de Windows ha ido sumando capas y capas de funciones y componentes, hasta el punto de que un sistema moderno necesita prácticamente el doble de espacio que uno de hace dos décadas para ofrecer una experiencia base comparable.
Uso de memoria RAM: sistemas antiguos ligeros frente a un Windows 11 glotón
Otro de los indicadores más relevantes, especialmente en hardware limitado, es el consumo de memoria RAM tras el arranque. Aquí el patrón se repite: cuanto más moderno el sistema, mayor es su apetito de recursos, con alguna excepción interesante.
En reposo, el más comedido es el propio Windows XP, que apenas usa unos 0,8 GB de RAM. Esto le permite moverse con mucha soltura en equipos modestos e incluso sobrevivir en máquinas muy antiguas, algo impensable con los sistemas actuales.
El segundo mejor comportamiento corresponde a Windows 8.1, que ronda 1,3 GB de RAM tras el inicio. Le siguen Windows 7 con 1,4 GB y Windows Vista con 1,5 GB, cifras relativamente razonables para ordenadores con 4 u 8 GB de memoria.
El salto grande llega con Windows 10, que se sitúa en torno a los 2,3 GB de consumo en reposo, ya con muchos más servicios corriendo en segundo plano. Pero donde la cosa se dispara de verdad es con Windows 11, que alcanza los 3,3 GB de RAM nada más encender el equipo, llegando incluso a rozar los 3,7 GB en algún momento de la prueba.
Esto significa que, en un portátil con 8 GB de RAM como el ThinkPad X220, Windows 11 se come casi la mitad de la memoria solo por estar encendido, dejando poco margen para la multitarea real. Si a eso le sumamos aplicaciones modernas y pestañas de navegador, la experiencia se resiente mucho más que con sistemas anteriores.
Prueba extrema de pestañas de navegador: el reinado inesperado de Windows 8.1
Para llevar la memoria hasta el límite, el experimento incluyó una prueba muy visual: abrir tantas ventanas o pestañas del navegador como fuera posible hasta llenar 5 GB de RAM. Para garantizar compatibilidad con todos los sistemas, se empleó un navegador específico llamado Supermium.
En este escenario tan exigente, Windows 11 volvió a quedar en la cola. Solo fue capaz de mantener abiertas 49 pestañas antes de colapsar por falta de memoria, una cifra muy pobre si la comparamos con la de algunos de sus antecesores.
Curiosamente, Windows XP tampoco salió especialmente bien parado aquí, quedándose en torno a las 50 pestañas. Aunque es muy ligero en reposo, su antigüedad y las limitaciones de arquitectura pasan factura cuando se enfrenta a navegadores modernos y páginas web actuales.
El golpe sobre la mesa lo dio otra vez Windows 8.1, que llegó a gestionar nada menos que 252 pestañas antes de saturar la memoria. Esto supone más de cinco veces lo que aguantó Windows 11 en las mismas condiciones, una diferencia que deja muy claro hasta qué punto influyen la optimización y la carga de procesos en segundo plano.
Windows 10 también salió bastante mejor que 11 en esta prueba, triplicando o incluso superando con creces el número de ventanas que podía manejar el sistema más reciente. Este tipo de test puede parecer extremo, pero sirve para ilustrar cómo un consumo de RAM contenido se traduce en una multitarea mucho más fluida cuando el hardware no va sobrado.
Autonomía de batería: XP gana por poco, 11 vuelve a ser el peor
Otro apartado importante en un portátil es la duración de la batería bajo un uso más o menos realista. Aunque los ThinkPad X220 usados para la prueba no son precisamente nuevos, sí permiten comparar entre sí las distintas versiones de Windows.
En esta ocasión, el resultado fue menos escandaloso que en otras pruebas. Windows XP consiguió ser el sistema con mayor autonomía, colocándose de nuevo como una opción muy eficiente en hardware antiguo.
En el extremo contrario se situó, una vez más, Windows 11, que fue el primero en agotar la batería. No obstante, aquí conviene matizar que la diferencia entre todos los sistemas no fue abismal: apenas unos pocos minutos separaban al mejor del peor.
Eso no quita que el patrón siga siendo claro: en el mismo portátil, con la misma batería y el mismo uso de prueba, las versiones modernas tienden a consumir algo más, en parte por la cantidad de procesos activos de telemetría, sincronización y servicios en segundo plano.
En cualquier caso, esta prueba de batería sirve sobre todo para reforzar la idea de que la eficiencia de los sistemas antiguos tiene todavía cosas que decir cuando se ejecutan en el tipo de hardware para el que fueron concebidos.
Tareas cotidianas: audio, vídeo, apertura de programas y navegación web
Más allá de los números puros de arranque o memoria, el experimento también midió cómo se comporta cada Windows en tareas habituales del día a día: exportar audio, editar un vídeo ligero, abrir aplicaciones básicas o cargar páginas web.
En la exportación de un archivo de audio con Audacity, Windows 11 no dio la talla y se situó en la parte baja de la tabla, quedando quinto entre los seis sistemas. Es decir, solo superó a uno de sus predecesores, algo bastante llamativo teniendo en cuenta que hablamos de una tarea relativamente sencilla.
En la exportación de un vídeo, la situación cambió un poco: Windows 10 fue el más rápido en esta prueba concreta, demostrando que, cuando el software puede aprovechar varios hilos de CPU y ciertas optimizaciones modernas, el sistema todavía tiene mucho que decir incluso en hardware veterano.
Cuando se analizó la velocidad de apertura de programas básicos como el explorador de archivos, la calculadora, el reproductor de vídeo o incluso el viejo MS Paint, Windows 11 volvió a mostrar sus carencias. Quedó último en la mayoría de estos tests, llegando a ser “vergonzosamente” lento en tareas que antes eran casi instantáneas.
En la navegación web, cargando imágenes y sitios comunes (incluida la página de inicio de sesión de Microsoft), Windows 11 también se colocó al final de la fila o muy cerca, mientras que versiones anteriores como Windows 8.1 o incluso Vista y 7 mantenían un comportamiento más ágil en el mismo portátil.
Benchmarks sintéticos: reparto de victorias entre generaciones
Para complementar las pruebas prácticas, el youtuber ejecutó varios benchmarks sintéticos muy conocidos, que permiten medir de forma más técnica la potencia de CPU y el rendimiento del almacenamiento.
En CPU-Z en modo mononúcleo (single core), la sorpresa fue que Windows XP volvió a llevarse la victoria. Su menor carga de procesos y la ausencia de capas adicionales permite que el procesador se dedique casi en exclusiva a la tarea del test.
En la prueba multinúcleo (multi core) de CPU-Z, el ganador fue Windows 7, que parece encontrar un buen equilibrio entre ligereza y aprovechamiento de los recursos del procesador, incluso en una CPU antigua como la de los ThinkPad X220.
El benchmark Geekbench coronó a Windows Vista, una versión muy criticada en su día, pero que en este entorno concreto logró sacar partido a su arquitectura y colocarse por delante de sus hermanos.
En CrystalDiskMark, centrado en el rendimiento del disco, el sistema que mejor resultado obtuvo fue de nuevo Windows XP, probablemente favorecido por la simplicidad de su pila de almacenamiento y la ausencia de tantas capas de abstracción como las versiones modernas.
Por último, en Cinebench, uno de los referentes para medir rendimiento en renderizado, Windows 8.1 se alzó con la victoria. De nuevo se confirma que esta versión ofrece un equilibrio muy curioso entre ligereza y capacidad para aprovechar el hardware disponible, incluso cuando este ya acusa el paso del tiempo.
Percepción general: por qué Windows 8.1 brilla y Windows 11 se estrella en este escenario
Sumando todas las pruebas, TrigrZolt concluye que el gran ganador del experimento es Windows 8.1, que destaca en múltiples apartados: arranque, gestión de RAM, multitarea en el navegador y rendimiento en ciertos benchmarks. Todo ello, funcionando en un portátil relativamente antiguo y con disco duro mecánico.
Lo irónico es que Windows 8.1 fue muy criticado en su época por el cambio radical en el menú Inicio y la apuesta por la interfaz “Metro”. Sin embargo, a nivel técnico se comporta como una de las versiones mejor optimizadas de la historia reciente de Windows, algo que este test pone claramente de relieve.
En el lado opuesto tenemos a Windows 11, que sale mal parado en la mayoría de escenarios. Queda último o penúltimo en arranque, apertura de aplicaciones simples, navegación web, uso de RAM, autonomía y gestión de muchas pestañas del navegador. Solo en algún caso concreto consigue no quedar tan lejos de sus predecesores.
Aun así, el propio youtuber insiste en que no recomienda usar Windows 8.1 en la actualidad, ya que se trata de un sistema sin soporte oficial ni actualizaciones de seguridad. Del mismo modo, tampoco tiene sentido extender demasiado la vida de XP, Vista o 7 si el ordenador se conecta con frecuencia a Internet o maneja información sensible.
La lectura de fondo es otra: en hardware limitado, las versiones modernas de Windows dan por hecho que habrá más RAM, más núcleos y unidades SSD ultrarrápidas, y por eso se permiten cargar más servicios y funciones en segundo plano. Cuando esas expectativas no se cumplen, la experiencia de uso se resiente de forma muy visible. Si prefieres no actualizar, existen guías para volver de Windows 11 a Windows 10.
El contexto actual: resistencia a Windows 11 y final de Windows 10
Todo esto encaja con la situación real del mercado. Aunque Windows 11 lleva disponible desde octubre de 2021, su adopción está siendo más lenta de lo que Microsoft desearía. Según datos de StatCounter, se mueve en torno a la mitad de cuota de mercado, mientras que Windows 10 sigue muy cerca y, en algunos periodos, incluso ha ganado usuarios.
El soporte oficial de Windows 10 terminó a mediados de octubre de 2025, pero la compañía decidió ofrecer un año adicional de parches de seguridad gratuitos para facilitar la transición y dar margen a quienes aún no han preparado la migración a Windows 11.
Pese a ello, cientos de millones de personas siguen sin estar por la labor de actualizar. Las quejas habituales apuntan a que Windows 11 exige un hardware demasiado moderno (TPM, CPUs recientes, necesidad casi obligada de SSD y 8 GB de RAM o más) y que introduce cambios de interfaz y bloatware que muchos consideran innecesarios, aunque existen guías para instalar Windows 11 en PC no compatible.
El experimento de TrigrZolt no hace más que dar munición a esta percepción, mostrando que, en una máquina veterana pero todavía funcional, Windows 10 y versiones anteriores pueden ofrecer una experiencia más fluida que el último sistema de Microsoft, que parece pensado casi exclusivamente para PC nuevos, y si tu equipo rinde mal, consulta mi PC va muy lento en Windows 10.
Aun así, conviene recordar que prolongar indefinidamente el uso de sistemas sin soporte oficial supone un riesgo de seguridad, especialmente para quienes usan el ordenador para trabajo, banca online o datos sensibles. La comparativa es más una llamada de atención sobre la eficiencia del software moderno que una invitación a quedarse anclado en el pasado.
XP vs 11: la comparación extrema y el papel del “bloatware”
En el debate más pasional, hay quien reduce la cuestión a un duelo directo Windows XP frente a Windows 11. Desde esa óptica, la balanza se inclina claramente a favor del veterano sistema en aspectos como ligereza, velocidad en hardware modesto y ausencia de aplicaciones preinstaladas innecesarias.
XP sigue siendo visto como un sistema rápido, relativamente robusto y muy limpio de bloatware, capaz de correr con soltura incluso en equipos muy viejos. Además, su interfaz se ha convertido en una especie de icono nostálgico, sencillo y directo.
Por contra, parte de la comunidad percibe Windows 11 como un lanzamiento pensado para empujar a la renovación de hardware, cargado de servicios, integraciones, telemetría y aplicaciones preinstaladas que muchos usuarios jamás utilizan. A eso se le suma una interfaz que, aunque moderna, no termina de enamorar a todo el mundo.
En esa comparativa simplificada, algunos llegan a puntuar Windows XP con un 10/10 y a Windows 11 con un 2/10, lo que refleja más un sentimiento generalizado de frustración con la deriva del sistema que una valoración estrictamente técnica. Aun así, recuerda que XP está completamente fuera de soporte y hoy solo tiene sentido en entornos muy controlados o por puro interés histórico.
El mensaje de fondo es claro: más nuevo no equivale automáticamente a mejor. Las mejoras en seguridad, compatibilidad y funciones son reales, pero vienen acompañadas de una pérdida notable de eficiencia cuando se sacan de su entorno ideal, que son los ordenadores actuales con componentes de última generación.
Mirando todo el conjunto de pruebas, se dibuja una imagen bastante nítida: la evolución de Windows entre XP y 11 no ha sido una línea recta hacia la optimización absoluta. Hay versiones como Windows 8.1 y, en menor medida, Windows 7 o incluso Vista que demuestran estar muy bien ajustadas a su época y hardware, mientras que Windows 11 brilla sobre todo cuando se ejecuta en PCs nuevos con SSD y procesadores modernos. En máquinas veteranas, el sistema se percibe pesado, lento y sobredimensionado para lo que ofrece, lo que explica por qué tanta gente sigue agarrada a Windows 10 o mira con cariño a sistemas antiguos, aunque, por seguridad, ya no sean una opción recomendable para uso diario conectado.
